Mariana Romo-Carmona
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Lo que queda en la memoria
-an excerpt from my novel in Spanish

Se dice que todos los inmigrantes tienen algo en común, no importa de qué parte del mundo vengan, ni cómo llegan, ni si van a volver. Se dice que es la nostalgia lo que los mata primero, con un sabor dulce, con un gusto amargo que les queda en el corazón. Que en algún momento se encontrarán pensando en otra cosa y de repente los toca alguna memoria loca, como un aroma, algunas notas sueltas de una canción, o el antojo terrible de tocar el cabello de alguien, de beber algunas gotas de agua cristalina en una vertiente que solo ellos conocen, probar un níspero, una chirimoya, o tal vez se mueren por una marraqueta, una tortilla de rescoldo en Avenida Matta a las doce de la noche que se la compran al hombre que las calienta con una vela y se las vende de un receptáculo montado sobre un palo de escoba,inverosímil. Una mirada a las montañas, al mar, un pedazo de cielo o de alguna colina que se desliza mil veces con verdes que solamente ellos conocen, y que traen una fragancia muy pura que sólo se capta cuando uno da vuelta la cabeza y le parece haber sentido ese olor a fresco una vez en la infancia pero no recuerda exactamente dónde ni cuando. Pero están ahí, el aroma, el sabor, las voces, los ojos como los suyos, las baldosas de la escuela y las grietas en la vereda que duelen, duelen tanto que hay que tocarlas, hay que estirar la mano hasta tocarlas para no desmayarse, porque nunca más van a ser suyas, nunca, nunca más, y después de todo, todo eso ya no importa, de qué sirven las memorias así con cada muerte, con cada vida, cada muerte, cada vida.

A veces, queda el alivio de saberse comprendida, de reírse y de llorar, de compartir el mismo dolor entre muchas personas, y de contar cada una lo que extraña más en el mundo. Son cosas tan simples que no queda más que maravillarse de como en estos instantes se levanta el espíritu y la persona revive, vuelve a entrar en vida, recoge sus memorias y sigue adelante. Y son también momentos increíbles en que se siente el espíritu de gente que debería esta muerta, muerta por tantas cosas, por tortura, por órdenes de fusilamiento y escapadas espeluznantes por alguna frontera, por trabajo agotador sin tregua, por largos años en prisiones, por humillaciones pequeñas que se amontonan a través de los años hasta que no queda por qué vivir, por qué respirar, por el olvido y por la falta de esperanza que a veces se cambia por cosas simples como unas pocas palabras que una no ha oído en veinte años, por un Condorito que uno divisa en algún bus, doblado, metido en un bolsillo de los pantalones de alguien, o tal vez una bolsita de callampas secas, una carta, por estas cosas simples.
Estas cosas también las sabe Sofía, y las saben los hijos de los inmigrantes, y las saben también los comerciantes y los parientes de aquellos que están cerca, de los que pueden ir y volver, de los que no han sufrido mucho ni han perdido a nadie y pueden crear un mundo alegre, una sensación de vida que se recoge y brota jubiloso de nuevo. Así se forman los vecindarios, y las ferias de frutas lejanas, los bailes, las canciones, los restoranes, las procesiones, las fiestas, las comunidades, las rebeliones insólitas contra el gobierno adoptivo, por cosas pequeñas, por cosas grandes, el nombre de un estadio, una parada con banderas, un almacén donde se venden cosas ricas, un concierto en el parque, un mural pintado en la esquina firmado por un joven que se llama Willy "el niño" Ramírez, de una playa con palmeras enarboladas al viento tropical que Willy nunca ha visto.

*

-1-

Soy pequeña y voy corriendo por el patio hasta llegar a las bugambilias. Son las flores moradas en la enredadera. Aquí, el patio de mi abuelita está empedrado con piedras grandes, redondas. A un lado hay un banco que me hace pensar que estoy en un parque. Siempre pienso lo mismo. El empedrado de piedras redondas es como de calle, no de patio, y junto con el banco me gusta mucho. Me gustan las cosas así, que son de afuera, pero que también están en una casa.
Es la casa de los abuelos, de mi mamá y mi tía; es una casa de memorias, las de ellas, las del abuelo cuando vivía, las de mis primos y las mías.
A un lado de la enredadera hay cosas viejas, cosas de jardín y de casa vieja que nunca toco. Trato de no verlas, porque entonces me doy cuenta que no estoy en una calle, o en un parque. Estoy en la casa. Pero a veces miro las cosas. Son de mi abuelito y él las debe haber usado para el jardín. El jardín tiene tantas flores que podría parecer un jardín de parque. Pero no, es el jardín de su casa.

Me pongo a saltar, a jugar al luche que yo he inventado sobre las piedras redondas hasta que me aburro. Entonces, es hora de seguir hasta el final del patio. Voy corriendo, claro. Se acaba el empedrado y hay cemento y tierra. Al final está el gallinero y el muro café que nos separa con la otra casa. Nunca la he visto, pero sé que está allí. Una vez vi a mi primo Tebe parado sobre el techo del gallinero, fumando un cigarrillo, y le pregunté. El se arremangó la camisa blanca y se encaramó de nuevo. Desde allí me dijo lo que veía, pero no me lo imagino. Apenas puedo ver hasta allá arriba; es muy alto.
El gallinero está vacío y tiene un techo bajo. Es como una casita para gente chica. Tiene paredes blancas por fuera, que por dentro son café, de adobe, como dice la abuelita. Como el muro; el muro es de adobe. Cuando se pintan blancas, yo creo que entonces se convierten en paredes.
Hace tiempo, el gallinero estaba lleno de gallinas que hacían mucha alharaca cuando se acercaba la abuelita con el maíz en el delantal. Cuando entro en el gallinero, me parece que escucho los cocoridos y cacareos de las gallinas. Los nidos de paja están aquí todavía, como camitas. Me imagino que las gallinas se alborotan, y veo como algunas plumas blancas flotan en el aire, y otras quedan pegadas en el muro, en la madera que sujeta los nidos. El piso es de cemento y alguien lo ha barrido con una escoba. Se ve, porque los escobazos quedan con un poquito de tierra como si se hubiera barrido con una peineta. Y ahí está la escoba en la esquina, vieja, con la paja ya muy corta y por eso no barre.
Entonces se me ocurre barrer un poco más, como si fuera una casita, este suelo, y de verdad yo fuera a vivir aquí.

*

A veces, cuando María Elena se despierta, sueña de nuevo y piensa que va a volver al mismo sueño, a retomar los hilos de una historia olvidada, pero no es así. Resulta que es una variación de lo anterior. Y sueña de nuevo.
Así también le sucede con las memorias. Tiene algunas que maneja disponibles para recordar cuando quiera, cuando las necesite porque se siente nostálgica, o con necesidad de probar su latinidad; a veces, hasta su chilenidad. Entonces recuenta memorias que mantiene intactas-- con detalles minuciosos y una verdadera riqueza de cositas interesantes, que después de todo, solo sirven para convertirla en persona interesantísima. Recuerda la memoria entera. Pero mientras tanto, se ha dado cuenta que es igual a los sueños. No es la misma memoria que conservaba envuelta en papel tisú. La ha cambiado-- se ha cambiado. No es intencional, la memoria misma se desdobla y se convierte en otra.
Esta mañana, anclada entre el viento que ha azotado los postigos y el mar de primavera que se enrosca y se desata hacia la madrugada, María Elena no ha podido dormir y se ha levantado a mirar la linea de la costa en la oscuridad. Ha estado atisbando una hebra de luz que se extiende con el brillo del agua, como si nunca hubiera visto cosa semejante y se ha quedado despierta, con un vaso de agua entre las manos y la boca seca, mirando, sin ver, hasta que la claridad del día es una presencia más que tiene que reconocer.
Han pasado diecisiete años. Ya no sirven las pequeñas memorias de la niñez, memorias doradas, o construidas en capas de un vaho de sueño y un suspiro de deseo por lo que ya se ha perdido. Entre ellas, entre esos momentos soleados de carino, sus padres unidos todavía en la casa de los abuelos, su hermanita adorable como una muñeca, Tebe, Berto, y Alejandro-- los primos; los tíos, los cuadros hermosos del tío abuelo, la playa; entre todo eso y un viaje de aventuras al país de las maravillas, entre todo eso... es otra vida donde la seguridad infinita de su madre apenas se divisa.
Sin despertar a Sofía, María Elena se viste sigilosa para salir al mar, como si la esperara, o tal vez como si recién se diese cuenta de que el mar la espera, después de todos estos años. La puerta la deja pasar sin sonido, los pasos que da en botas, blue jeans y un suéter grueso también pasan desapercibidos. Sobre el pelo corto se ha puesto un gorro negro de béisbol, los lentes ahumados, y al final los guantes rojos de lana. Sofía duerme y María Elena piensa en todas las memorias que ha compartido con ella. ¿Serían acaso las verdaderas, las únicas que la podrían explicar? Y, ¿qué haría ahora si al despertar uno de estos días se encontrara con que no es nadie, ninguna persona de ningún lado, con que no tiene pasado que valga, porque todo se ha esfumado?
Sobre la almohada, la cara morena de Sofía, el cuerpo acurrucado entre frazadas y sábanas, los ojos cerrados, las manos tibias abrazando la almohada, Sofía se ha quedado sin besar, sin murmurar preguntas tiernas que María Elena quiere oír, adonde vas, ven a acostarte, bueno, pon el agua para el té. María Elena se aleja de a poco de la casa, y se acerca en vez a las olas que hace un rato estaban desafiantes, y ahora, con el sol, parecen haberse amansado. Empieza a caminar.

-5-
Los abuelos tenían un caballo en el campo. Estaba en una parcela en algún lugar cerca de Quillay que se convierte en un reino feliz todos los veranos. Los arboles se enredan de verde, los matorrales se arrojan sobre los senderos sedientos y hay que echarlos hacia un lado para pasar, entre flores de tréboles y margaritas, y a medida que el verano pasa, un millar de florcitas que no conozco. El caballo es de color miel, de esa miel rubia que es espesa y hay que sacarla del frasco con una cuchara. Cuando yo era bien pequeña, antes de que Alejandro hubiera nacido, recuerdo un día en que mi abuelita, mi madre y mi tía, me llevaron a ver el mar desde el cerro. El mar queda lejos, pero se ve como si una pudiera tocarlo desde allí arriba. Cuando llegamos a la cumbre, mi madre y su hermana dispusieron una frazada sobre el pasto y sacaron pan amasado de un canasto, ensalada de tomates con cebolla, y una cantimplora con agua. Abuelita no quiso sentarse en el suelo porque dijo que se le acalambraban las piernas.
Hay sólo unos matices de color que me quedan de recuerdo. No me acuerdo de las palabras, ni de los vestidos que llevábamos, ni de la cara de abuelita que hacia sombra con la mano para poder ver mejor el mar, tan azul y distante. Pero otras cosas las siento todavía como un sueño permanente que habito, que llevo en los párpados, en la piel. Me paro allí, en el cerro con mi abuelita y me arrimo a su delantal. Ella no me abraza, pero me deja quedarme, y sé que me quiere. Yo me hago sombra con la mano también para ver el mar. Mi tía dice que a veces se pueden oír las olas desde ahí, y sentir el olor del agua salada. Levanto la nariz para tratar de oler las olas en la brisa que sube hasta el cerro, pero solo siento un olor limpio, de pasto brillante, de zarzamoras. Mamá se acerca y me trae un pan amasado, calentito, que huele a la masa perfecta que solo se come en el campo. El pan está dorado por fuera y la boca se me hace agua por morderlo pero me detengo. Lo sujeto entre las manos y trato de oler la harina, la manteca, la sal, la levadura, el agua del jarrón de greda, y las manos de abuelita que amasaron en la mañana sobre una madera suave.
"Cómete el pan antes que te desmayes," me dice mi tía, riéndose un poco, y yo abro la boca, hambrienta, dándole grandes mordiscos al pan hasta que casi me atoro de placer, del gusto de la miga en la boca, de la cascarita tostada y el poquito de harina que da en las manos después. Yo sé que me han traído con ellas porque soy mujer. En el cielo hay un ruido de pájaros. Estoy conmovida y tomo agua de la cantimplora a borbotones. Mi mamá se apresura a secarme la boca con un pañuelo y yo le digo, le ruego, que me lleven a ver el mar de cerca. Ellas tres, nadie más. Me miran, abuelita, tía, mamá.
"Iremos, pues," dice abuelita al final.
*
El primer día de clases en la Arriarán me parece larguísimo. El segundo y el tercero no son mejor, y pienso que en cuanto llegue a casa le voy a pedir a mi mamá que me saque de esta escuela, porque me da susto estar sola en los recreos. Yo sé que tengo seis años y que no debiera llorar, pero me da una pena horrible. Tengo un delantal nuevo que me ha bordado mamá con un hilo rojo en la pechera, para que diga mi nombre y se sepa quién soy. Me paro bajo un árbol, y miro mi nombre. Está al revés, como yo lo miro. Dice ANELE AIRAM y mi apellido, que es más difícil leer al revés. En mi bolsa de merienda, también está bordado mi nombre. La abro y saco el pan con palta y el membrillo. Se me quita un poco la pena. Tengo hambre. Me siento en el suelo con las piernas cruzadas como todas las alumnas y mastico el pan que está tan rico. Al frente veo el pasillo donde queda el salón grande con un proscenio donde fuimos el primer día para oír a la directora que nos daba la bienvenida. Es una señora de pelo canoso, como abuelita, pero tiene lentes y va muy arreglada, y no usa delantal. Me asustó un poco la directora. No sé por qué hay una directora, pero supongo que debe ser la jefa de todas las profesoras.
El membrillo que tengo está maduro, amarillito, y me pongo a machucarlo en el árbol, despacito, para que no me vea nadie porque no sé machucar muy bien. Le doy unos mordiscos, está jugoso. De repente, vienen unas chiquillas corriendo, jugando al pillar, y me llenan el membrillo de arena. Se ríen y siguen corriendo. Son grandes, seguro que de cuarto año, o mayores. Se les ven las pantorrillas grandes, con soquetes y zapatos grandes. Me siento perdida y me da pena de nuevo porque no puedo limpiar el membrillo, ni con la mano ni con la bolsita. Estoy casi llorando, y me da mucha vergüenza, porque no quiero ser pailona.
Hasta que me encuentra una niña mayor. Me hace parar, y me mira. Tiene los ojos café, con pestañas largas. En el delantal, dice Mónica Mena, bordado con hilo que antes debe haber sido rojo, pero ahora es casi rosado porque se ha desteñido. Yo quiero que mi nombre nunca se destiña. Mónica me lleva de la mano a la fuente y me enseña a lavar el membrillo.
"Dame una mascada," me pide, y yo le doy.
"Necesita sal," me dice, y yo asiento con la cabeza.
Estoy en tercer año," me dice. Nos sentamos a la orilla del pasillo, sobre las baldosas amarillas.
"Quieres ser mía?"
No se me ocurre qué decirle al principio, porque en la escuela las niñas mayores eligen a las más chicas cuando son bonitas. Yo sé que no soy bonita, aunque mi mamá me quiere, igual.
"Sí," le digo, de todos modos.
Entonces, Mónica me cuida. Me encuentro con ella todos los recreos. Me enseña cosas de la escuela, me arregla las cintas del pelo cuando se me desatan, y comemos juntas en el recreo de once. Mónica me lleva donde sus compañeras de curso, y me presenta.
"Esta es María Elena," les dice. "Ella es mía."
*
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